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Mi metamorfosis .

viej

mariposas

Siento como se va acercando, sin ruido va dejando sus huellas en mí.
Va modificando mi cuerpo y mi organismo. Es una metamorfosis muy distinta al de la mariposa, esta se produce de forma gradual y progresiva deteriorando mi cuerpo y mi mente.
Y cuando el tiempo se convierte en un recurso escaso, las prioridades se transforman. Es por eso que quiero hacer todo lo que en mi juventud no pude por falta de tiempo.
Quiero vivir el día a día, porque cada momento es importante.
Estar con los hijos, la familia, y los amigos se ha convertido en una necesidad para mí.
Quiero conservar mi memoria para que cuando un día mire hacia atrás, tenga la certeza de que volvería a vivir la misma vida, si me dieran otra oportunidad.

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Mamá, ¿a dónde va el abuelo?

Mariposas volando

Había estado lloviendo la tarde en que el abuelo cerró los ojos. Así se lo contaron, aunque ella no lo vio, ya que, al parecer, aquello no era para niños.

-Mamá ¿a dónde va el abuelo ahora? – le preguntó a su madre al atardecer.

Miró directamente a sus ojos verdes, muy abiertos, y esperó su respuesta. Mamá sabía tantas cosas…

– El abuelo se ha dormido para siempre, María –le contestó rápidamente.

– ¿y adónde vamos cuando nos dormimos para siempre, mamá?

Su madre le explicó que vamos al cielo, un lugar muy bonito dónde los pájaros cantan y hay muchos parques y columpios.

Eso le pareció bien; pero entonces volvió a preguntar:

– ¿No decían que lo íbamos a enterrar junto a la abuela?
Parece que a su madre no le gustaron tantas preguntas, porque le dijo que luego irían a ver a la tía y a los primos, y que si quería ver sus dibujos animados favoritos.
Al llegar la noche, su padre fue a darle su beso de buenas noches y vio que tenía los ojos rojos, como cuando estás en la piscina mucho rato.

Después escuchó como su padre y su madre hablaban en el comedor. Le gustaba dormirse mientras ellos se contaban sus cosas. Entonces oyó su nombre:
-Mira lo que me ha preguntado María hoy – le dijo mamá a papá.

Y entonces hablaron de adónde vamos cuando nos morimos. Ella estaba un poco confundida: (¿no era que el abuelo se había dormido?)

Papá le explicó a mamá que las religiones en todo el mundo se han creado por el miedo de las personas a la muerte. Y que explicaban adónde vamos para que estemos más tranquilos.

Al principio, mamá no parecía muy convencida, pero lo explicó tan bien que parecía que se lo había creído.

Ya no recordaba más de la conversación. Se estaba muy calentita en la cama, y su perrito suave de orejas largas tenía mucho sueño.

Cerró los ojos y entonces oyó:

– Hola, María, te estaba esperando.
Al oírlo se asustó un poco, pero entonces vio al gnomito pequeño, que la miraba tranquilo y sonriente y al que conocía de otras veces.
Vengo a contarte un cuento muy importante que los adultos saben, pero que suelen olvidar.

– “Qué bien, un cuento! – pensó contenta.

– Hace mucho, mucho tiempo, vivieron el rey sol y la reina luna en un hermoso palacio de luz y colores. Eran los encargados de contarles a niños y adultos lo que veían desde su palacio. Les contaban cómo la luz y los colores venían de un lugar lejano al que se podía ir con sólo desearlo. Este lugar era tan bello, cálido y acogedor que las personas, cuando estaban muy cansadas de su trabajo en la tierra, cerraban los ojos y se dormían durante mucho, mucho tiempo.

– ¿Se dormían para siempre? – preguntó, acordándose de las palabras de su madre..

– Bueno, podía ser para siempre, pero también podía ser sólo durante un largo tiempo – le respondió-. Sin embargo, lo importante es que veían que el lugar de luz y de colores era real. Luego, los que decidían volver a la tierra, unas veces se acordaban del bello lugar, y otras no. Por eso el rey sol y la reina luna se encargaban de recordarlo en cada lugar. Cuando el rey sol y la reina luna se hicieron muy viejecitos, se marcharon ellos también a la bella luz, y quedaron sus relatos, que lo contaban todo.

– Entonces, ¿por qué las personas lo han olvidado? – preguntó la niña extrañada?

– Bueno, se acuerdan de algunas cosas porque se lo han ido contando unos a otros. Pero lo que sí han olvidado es que no son sólo relatos que explican nuestro miedo a la muerte, sino que es algo real contado de diferentes maneras.

– Entonces mi abuelo… ¿está con el rey sol y la reina luna en el lugar de la luz y los colores? – preguntó.

– Claro que sí, querida María – le dijo con ese brillo en los ojos que tanto le gustaba-; claro que sí.

Le dio un abrazo y se marchó para contárselo a otros niños.

Parece que los mayores no podían verlo, pensó más tarde, o si lo ven, no se lo creen, porque cuando se despertó se lo contó a sus padres, y ellos le dijeron:

– Si, María, has tenido tan sólo un bonito sueño.
Sabía que no le creerían, así que se lo guardó para contárselo a su amiga Ana: ella si se daría cuenta que es verdad.
No hay que perder la fe en las creencias espirituales y mágicas que nos ayudan a pensar en un próximo encuentro con nuestros seres queridos fallecidos.

Libro: Regálame más cuentos con salud

Autor: José Carlos Bermejo

Adaptado por: Diana Cárdenas

Asesora Familiar de Duelo.

Cuando me volví una anciana invisible…

mans vella

Ya no sé en que fecha estamos. En casa no hay calendarios y en mi memoria los hechos están hechos una maraña. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, unos primores, ilustrados con imágenes de los santos que colgábamos al lado del tocador. Ya no hay nada de eso. Todas las cosas antiguas han ido desapareciendo. Y yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta.

Primero me cambiaron de alcoba, pues la familia creció. Después me pasaron a otra más pequeña aun acompañada de mis biznietas. Ahora ocupo el desván, el que esta en el patio de atrás. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvido, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.

Desde hace mucho tiempo tenia intención de escribir, pero me pasaba semanas buscando un lápiz. Y cuando al fin lo encontraba, yo misma volvía a olvidar donde lo había puesto. A mis años las cosas se pierden fácilmente: claro, no es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque estoy segura de tenerlas, pero siempre se desaparecen.

La otra tarde caí en cuenta que mi voz también ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atenta lo que dicen. A veces intervengo en la conversación, segura de que lo que voy a decirles no se le ha ocurrido a ninguno, y de que les va a servir de mucho mis consejos. Pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces llena de tristeza me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar mi taza de café. Lo hago asi, de pronto, para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón….Pero nadie viene.

El otro día les dije que cuando me muera entonces sí me iban a extrañar. Mi nieto mas pequeño dijo “¿Estás viva abuela? “. Les cayó tan en gracia, que no paraban de reír. Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entro uno de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos días me dio. Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible, me paro en medio de la sala para ver si aunque sea puedo ser un estorbo o que me miren, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme, los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezarse conmigo.

Cuando mi yerno se enfermó, pensé tener la oportunidad de serle útil, le lleve un té especial que yo misma prepare. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara, solo que estaba viendo televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando……y mi corazón con él.

Un día se alborotaron los niños, y vinieron a decirme que al día siguiente nos iríamos todos al campo. Me puse muy contenta. ¡Hacia tanto tiempo que no salía y menos al campo!.

El sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar las cosas con calma. Los viejos tardamos mucho en hacer cualquier cosa, asi que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban las bolsas y juguetes al auto.

Yo ya estaba lista y muy alegre, me paré en el zaguán a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el auto. O porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el bosque. Sentí clarito como mi corazón se encogía, la barbilla me temblaba como cuando uno se aguanta las ganas de llorar.

Yo los entiendo, ellos sí hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan. Y yo… ya no sé del sabor de los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme que me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantar canciones de cuna que nunca creí recordar.

Pero un día mi nieta, que acababa de tener un bebé dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud. Desde entonces ya no me acerqué más a ellos, no fuera que les pasara algo malo por mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos!

Yo los bendigo a todos y los perdono, porque….. ¿Que culpa tienen los pobres de que yo me haya vuelto invisible?….

Hijo, no me eduques.

manos

¡Qué bonita familia la de Don Edmundo y Doña Fina!, con 45 años de matrimonio y cinco hijos. Tienen suficientes motivos para estar orgullosos de ella, pues sus muchachos son hombres y mujeres de bien. Valió la pena los sacrificios que hicieron para sacarlos adelante.

Sin embargo, ¡cómo han cambiado las cosas! Antes solían ser Don Edmundo y Doña Fina los que daban consejos y- por qué no reconocerlo- también órdenes.

Pero de un tiempo para acá, cada vez que se reúnen en familia son ellos dos los que se quedan callados escuchando a sus hijos decirles qué es lo que deben o no de hacer.

Por poner algunos ejemplos: Beto quiere que su padre ponga una ferretera como la de él. ¡Imagínese!, a sus 70 años volverse empresario cuando toda su vida fue maestro. Concha, por su lado, quiere que su madre empiece a estudiar la prepa en la misma escuela a la que asiste su nieta.

Esta singular pareja no es la única que pasa por esta situación. A medida que pasa el tiempo y las familias crecen en edad, suele suceder que los padres pasan de ser educadores de sus hijos a querer ser educados por ellos.

Los hijos, por lo general, se encuentran en la etapa más productiva de la vida. Son independientes y muchas de las veces se convierten en el sostén económico y moral de los padres. Por tal motivo, creen contar con la autoridad suficiente para que sus iniciativas sean obedecidas por ellos.

Es entonces cuando surgen las comparaciones de lo que los padres son y lo que a juicio de sus hijos deberían de ser. Ahora todos los comentarios empiezan con Deberías ser como…, olvidando que cuando se era niño no había cosa más molesta que los padres recurrieran a las comparaciones.

Es también frecuente hacerles ver lo que ya no son. El antes se convierte para los padres ancianos en otra forma de reproche de lo que antes fueron y que sus años ya no les permiten ser: Antes salías con tus amigas, ya no manejas como antes, pero si antes podías hacerlo…. Pero la forma más grave de hacerles sentir a los padres que ya no son lo que sus hijos quisieran que fueran, es no escuchándolos.

Es más fácil cerrar los oídos a sus necesidades, miedos, expectativas o preocupaciones y pensar que están chochando, que tener que aceptar que, en efecto, esos padres que algún día fueron el punto de apoyo, son ellos ahora los que lo necesitan.

Amar es aceptar sus limitaciones.

Es doloroso ver que aquel papá que muchas veces acudió en auxilio cuando se estaba en problemas, o la mamá que todo lo resolvía, son hoy quienes necesitan de los hijos.

Pero más doloroso es aceptar que de hoy en adelante hay que andar solos por los caminos de la vida, y que los padres han cedido la delantera a sus hijos.

Es éste el motivo principal del por qué muchas veces los hijos exigen a sus padres que no dejen de ser lo que eran: quieren seguir viendo a sus padres fuertes y seguros de sí mismos. Sus regaños y reproches son sólo un mecanismo de defensa. Reconocer sus limitaciones no es dejar de amarlos. Antes se les amó por los cuidados que prodigaron a sus hijos. Hoy se les ama porque gracias a ellos se ha aprendido mucho y se está al cuidado de alguien más.

Lo más importante: respeto.

Los padres ancianos merecen el mismo respeto que cuando eran jóvenes.

Respetarlos es:

Permitirles que sean como son ahora y no como fueron antes. Es común que cuando los padres han llegado a la tercera edad, su vida pierda actividad pues, ya sea por el retiro o porque ya no tienen las mismas obligaciones, su vida se vuelve más sedentaria.

Escucharlos realmente tratando de entenderlos y no caer en: Dale por su lado. Tal vez por la edad, las personas tienden a hacerse de ideas más fijas, pero eso no significa que su opinión no tenga validez.

Cuando se les dé un consejo, cuidar que sea precisamente eso, un consejo y no una imposición.

Si algo es seguro en esta vida, es que todo ser humano llegará a viejo (a menos que muera antes), y la cobija con que uno se dará calor en su vejez estará hecha con la misma puntada con que hoy tejemos la de nuestros ancianos.

Para no pasar fríos procuremos que esté hecha de amor y comprensión.

Peleas en los matrimonios.

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Desde niña me llamaba la atención al ver cómo los matrimonios mayores se hablaban a gritos y discutían por todo. Hoy con mis 62 años compruebo que la cosa no ha cambiado nada, aunque la gente en general tiene más cultura que antes continuamos llevando la contraria a nuestra pareja.
He reflexionado mucho sobre esto y mi conclusión es que con la vejez queremos saber más que nuestro compañero, hacemos las cosas mejor que el otro, siempre tenemos razón, estamos sordos, unas veces del oído y otras del corazón.
Porqué nos comportamos de esta forma? yo creo que es por que nos damos cuenta de que cada vez se nos escucha menos, nuestra experiencia y nuestros consejos son ignorados, están pasados de moda.
La vida cada vez es más corta, no podemos esperar a que el otro se vaya. Dicen que cuándo uno se hace viejo y pierde la razón ataca a las personas que más han querido. Pasa lo mismo con los matrimonios?
Tú qué opinas?