El secreto revelado

Era de noche, entré en el párking de la plaza Mayor. Estaba cansada de todo el día en la oficina aguantando quejas de los clientes. Bajé las escaleras a la planta segunda donde tenía mi coche. Quería llegar a casa, ducharme y meterme en la cama rápidamente.

De repente oí a unos metros unos ruidos extraños. Me quedé quieta aguantando la respiración. Había alguien. Un hombre estaba agrediendo a una mujer. Me quedé paralizada por el pánico. No me atrevía ni a moverme. Lo ví todo. Y pude ver al hombre perfectamente y a la mujer. Hubiera querido no estar allí, desaparecer, que nunca hubiera ocurrido, pero estaba viendo lo peor que había visto nunca. No sé cuánto tiempo debió pasar, pero las pisadas enérgicas alejándose del lugar me indicaron que el hombre se iba. Con mucho miedo quise acercarme a la mujer, pero me avergonzé de no haber hecho nada por ayudarla y corrí hacia mi coche y me fuí.

Llegué a mi casa temblando de miedo, mi marido ni se dió cuenta, me metí en la banyera tratando de limpiar la suciedad que tenía en mi interior. Qué tenía que hacer? Denunciar? Pero si había sido incapaz de ayudar y me había alejado a toda prisa en cuanto tuve la ocasión. Y si se lo contaba a mi marido? Él se enfadaría conmigo por mi falta de coraje o me diría que porque no había llamado a la policía. Así que en mi cuarto de baño, entre la espuma con olor a melocotón, me juré que ese secreto moriría conmigo. 

Durante días miré las noticias para ver si salía alguna cosa relacionada pero nada, yo continué mi vida normal con ese secreto que por las noches me atormentaba. Cada día que pasaba me sentía peor por mi falta de actitud, era una covarde.

Pasados unos meses vinieron a presentarse los nuevos vecinos que se habían comprado la casa contigua a la mía. Mi marido los había conocido por la tarde y estaba encantado de lo majos que se veían. Cuando le ví, le ví y le reconocí, era el hombre del párking, no tenía duda. Casí me desmayé, me sentaron en una silla y me daban aire, el vecino me miraba con cara extrañado, mientras mis ojos me salían de las órbitas. No me podía creer la jugada que me estaba tendiendo la vida.

En cuanto me recuperé fuí a denunciar lo visto meses antes, la policía me infló a preguntas porque no había ido antes y no me dieron credibilidad. Hoy convivo puerta a puerta con un violador por no haber tenido el valor de haberlo denunciado en el momento que pasó.

* Cuando las cosas las vemos de lejos y no nos afectan directamente, callamos y miramos hacia otro lugar. Cuando se instalan desagradablemente en nuestra vida y se quedan a vivir a nuestro lado entonces sí sacamos el valor necesario para enfrentarnos a ello.

 Si ves una injusticia, por lejana que la veas, denúnciala, no mires a otro lado.

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