Cristales rotos

         

Entre un montón de cristales rotos, encuentro vagando un niño, cuando me acerco a él , salta igual que un gato, asustado, sucio y desconfiado. Está herido, mi intención es ayudarle, pero no me deja. Pasa mucha gente por la calle, con indiferencia, sin mirar, como si lo normal fuera ver  un niño de unos seis años en estas condiciones.

 Levanto la vista y me percato de que el camarero de un bar me está observando. Voy directamente a preguntarle por si conoce a sus padres. El camarero se ríe, no sé si de mí o de la situación, pero su contestación me hiela la sangre:

 – Es un hijo de un emigrante, su padre marchó buscando un trabajo  fuera del país. La madre al no tener noticias, montó en una patera y dejó a los niños con la abuela, pero la madre tampoco regresó. Hace unos meses la abuela murió y los niños están en la calle.

– Y porqué no los recogen en alguna institución?

– Pues… porque hay muchísimos niños “olvidados”, “abandonados””.

Bajo la cara con vergüenza, intento no mirar al niño, pero las lagrimas me resbalan por la cara. Se acerca a mí al verme llorar, pasándome sus manitas por mis mejillas, diciéndome:

– También te has clavado unos cristales?

– Sí, hijo, los tengo clavados en mi corazón, igual que tú.

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