Porrera. Letra de LLuís Llach.
Amo esta tierra
como un amante fiel y ardiente,
esta tierra mía
que cada día me enciende y me toma,
piel a piel nos compartimos,
cuerpo a cuerpo nos estudiamos
y el deseo nos mantiene vivos los sueños.
Esta tierra adusta,
mirada morena y labios llenos,
la siento en mi vientre
como si dentro de mí hiciera raíces,
tornavoz del soledades,
paso a paso la reconozco
y en el amor la siento altiva y tierna.
Mi tierra me lleva
caminos allá de mí mismo,
descanso cuando la miro,
cuando estoy lejos todo me entristece,
surco a surco la siento dentro,
por el deseo se me hace presente
que mi corazón sin ella no late.
El Molló nos lleva la vida,
la Teixeta el amor
y las Marrades el olvido, el olvido del Norte;
La Sentiu llamada a un sueño
empapado de luz,
pero las Marrades el olvido, el olvido del Norte.
Marcharé de aquí
cuando me llene el corazón un mañana ondoso y claro,
dejaré este lugar,
hay tanta vida que espera mundo allá,
los sentidos aún vivos
el horizonte será un reclamo
dónde encontrar la fuerza para levantarme,
no podrá la añoranza
doblegar el anhelo que me empuja y me hace vibrar,
olvidar el regreso
será un espacio de silencio y libertad,
no habrá gesto ni deseo
ni un camino ni ningún afán
suficientemente intenso para hacerme volver atrás.
El Molló nos lleva la vida,
la Teixeta el amor
y las Marrades el olvido, el olvido del Norte.
Y SIN EMBARGO .(Lluís Llach)

Y sin embargo la gente se va para siempre,
dejando un regusto amargo por los espacios del alma,
así aprendemos que al vivir vamos muriendo
y sobrecoge que esta ley sea tan cierta.
Ay, amor, si por amor pudiera huir de aquí
hasta ese mi paraíso de riberas serenas,
volvería a abrir con plenitud las alas blancas
del mañana para siempre … para siempre contigo.
Así pues, vacío las maletas para el adiós,
deshago los pobres ovillos que en la tierra me atan,
viviré mirándote los ojos, que solo
es en ellos que puedo disfrutar del gesto de vivir.
Ay, amor, si por amor pudiera volver a sentir
la fuerte pasión y la piel de tantas ausencias,
volvería a abrir con lenta plenitud las alas del mañana
para siempre … para siempre contigo.
Todo lo que te digo no tiene sentido si estoy de pie
pero es claro como la luz del mar cuando meneo la barca,
yo vengo de un mundo de gestas y naufragios
y me gusta si mi canto conmueve el tiempo.
Ay, amor, si por amor pudiera dejarlo todo,
remando todos mis ayeres para volver a renacer,
abriría con lenta plenitud las alas blancas del mañana
para siempre … para siempre contigo.
La mujer vieja. Poema
Hoy estoy en forma. Mañana estoy curada.
Hoy soy pobre, sólo hoy. Mañana soy rica.
Pero un día me quedaré para siempre así,
envuelta, tiritando de frío, en un oscuro chal, la garganta
tosiendo, carraspeando,
arrastraré los pies con esfuerzo y pondré las manos huesudas
ante la estufa de cerámica.
Entonces seré vieja.
Mis cabellos, sombrías alas de mirlo, son grises,
mis labios, flores secas cubiertas de polvo,
y ya nada sabe mi cuerpo de las cascadas y saltos de las
rojas fuentes de la sangre.
Muerte quizá
mucho antes de mi muerte.
Y sin embargo fui joven.
Amante y buena con un hombre, como el pan moreno,
nutritivo, para su mano hambrienta.
Dulce como un refresco para la sed de su boca.
Sonreí,
y mis brazos, culebras flexibles, turgentes, estrechándole
lo atrajeron hacia el bosque encantado.
De mi hombro brotó un ala azul como el humo,
yo estaba tendida contra un pecho más ancho, frondoso,
murmurando hacia abajo un agua blanca, del corazón
de las rocas de abetos.
Pero llegó el día, la hora llegó,
en la que la amarga semilla estuvo madura,
en la que hube de recoger la cosecha.
Y la hoz cortó mi alma.
“Vete”, dije. “¡Amado, vete!.
Mira, en mis cabellos ondean hebras de vieja
la niebla del crepúsculo humedece ya mi mejilla,
y mi flor se marchita estremecida de frío.
Surcan mi rostro las arrugas,
fosos negros los pastos de otoño.
Vete, porque te quiero mucho”.
En silencio retiré la corona de oro de mi cabeza
y me cubrí el rostro.
Se marchó.
Sus pasos apátridas sin duda le llevaron a otro lugar
de descanso, bajo unas pupilas más duras.
Mis ojos están turbios y apenas logran unir
el hilo y el ojo de la aguja.
Mis ojos lloran bajo los párpados fatigados,
rugosos, ribeteados de rojo.
Rara vez
Vuelve a resplandecer en la mirada sin brillo
el débil reflejo, desaparecido hace tiempo,
de un día de verano,
cuando mi vestido ligero, chorreando, fluía
por los prados cubiertos de flores de berro.
Y mi nostalgia lanzaba al cielo abierto el grito alegre
de la alondra.
Gertrud Kolmar ( 1894- 1943 )
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